Ninguna derrota es una derrota, todas las luchas son victoria

Carta al lobo y al mundo
por David Jiménez i Cot (escritor y poeta)
10 de mayo, Día Mundial del Lupus

Buenos días, gente de bien!

¿Cómo os prueba la mañana?

Hoy es el Día Mundial del Lupus. ¿Lo sabíais?

Para los que todavía no conozcan esta mosca impertinente, el Lupus Eritematoso Sistémico es una enfermedad autoinmune no infecciosa que inflama y deteriora con el tiempo los distintos órganos o sistemas del cuerpo. Las defensas o leucocitos, por un error que desconocemos, creen que las células de cualquier parte del cuerpo son un virus o una bacteria (patógeno) y el sistema inmunitario da la orden de atacar a los tejidos sanos como si fueran una infección: corazón, pulmón, sistema nervioso, cerebro, riñones, músculos, vasos sanguíneos, articulaciones, etc. Ya veis qué fiestas se montan, estos bravucones de los glóbulos blancos… :-p

Aunque es una enfermedad grave que funciona a brotes y provoca, a temporadas, unos dolores que requieren mucha paciencia, medicación y analgésicos, estoy muy orgulloso de combatirla y hacerla visible, no solo hoy, sino a diario; ¡y en la poesía también!

¿Sabéis una cosa? Odio a este lobo («lupus», del latín clásico). Y lo peor de todo es que no puedo desearle la muerte; porque no solo morimos directa o indirectamente por el lupus, sino que morimos con el lupus. Pero, ¿sabéis? El impulso primario del odio y del amor no es tan diferente, a ratos. Por eso, también amo a mi lobo. ¿Qué tipo de masoquista ama a una bestia así, verdad? Mirad: mi lobo me ha dejado y me seguirá dejando mil estragos y cicatrices por dentro. Mi cuerpo funciona a medias, aquí sí que podemos decir como Shakira: yo ya no tengo un Ferrari, como cuerpo, sino un Twingo.

Pero mi lobo también me enseña cosas sobre la vida maravillosas, como por ejemplo: la felicidad está en las cosas más pequeñas; el amor quiebra arrecifes y mueve montañas; los médicos no son ni tienen la obligación de ser héroes; con el humor que me caracteriza, declaro que las erecciones matutinas son señal de que de momento estoy bastante bien; la sabiduría más esencial radica en la humildad y no en las mejores distinciones; es necesario perdonar y ser perdonados, pero tenemos derecho a no olvidar; que no podemos cambiar el mundo si antes no lo educamos; que no podemos juzgar lo que los demás no pueden cambiar en menos de 24 horas; que llorar es la respuesta más valiente y natural para combatir el dolor; que el humor debe estar siempre presente en nuestras vidas… y que, si bien la felicidad nunca será absoluta, la vida es, con perdón, «una mierda como un piano»; pero, al menos, no es una «mierda a secas» porque, mientras tenga piano y teclas, con ella, podemos hacer música y bailar. ¡A los hedores, todo el mundo se acostumbra!

Algunos me preguntáis si me voy a morir. De hecho, todos moriremos. ¿Qué sorpresa, verdad? Lamento deciros que no creo que esto ocurra ni mañana día 11 de mayo (que por cierto, es mi cumpleaños y ya van 36), ni dentro de diez años, probablemente. Pero todo lo que se mueve avanza. Y todas las bestias tienen patas. Ya me entendéis… Así que no, señoras y señores, me queda mucho tiempo de lucha y resistencia. O sea que lo siento, pero pienso seguir dándoos la lata como siempre. Sé que es un suplicio y un martirio para todos vosotros, pero tendréis que seguir aguantando mis besos, mis abrazos, mis erecciones (Sonia, ya van diez años juntos, pero es que tu belleza no tiene cura), mis versos y mi genio cuando quiero una pizza y me hacéis comer ensalada o canónigos. ¡Qué hambre pasarían los pobres clérigos/canónigos, doctores míos!

En un día como el de hoy, despido este escrito excepcional con el poema «Lupus» de mi último libro «Moren els déus» (Adia Edicions, 2022). No temáis y alegrad esas caras. El lupus, por suerte, funciona a brotes y nos deja momentos de tregua. Al final, yo y él (y perdonad que anteponga primero el «yo» y no el «él») llegamos a un acuerdo irresistible; y es que, como la canción dice que «la vida es un carnaval» y a mí me encantan los disfraces: cuando él me ataca, yo soy la Caperucita Roja o Eritematosa (que significa ‘rojo’, en griego antiguo); pero, ¡ay de los momentos de tregua, cuando él me los concede! Entonces, el lobo soy yo. Y lo que más admiro de los lobos es que son indomables. Así que: «quid pro quo», ¡querido lupus! ¡Que por muchos años vivas en mí y que por muchos años me dejes vivir, compañero de vida y culo inquieto!

¡Mil gracias y ánimos a todas y a todos, pacientes y agentes! Y especialmente al Dr. Ricard Cervera y todo el equipo de Enfermedades Autoinmunes Sistémicas del Hospital Clínic de Barcelona: por el buen trato, por el acompañamiento, por no rendirse en las investigaciones y por colocarme las Resonancias Magnéticas los domingos (esto último, sin remordimientos y con mucho amor, que ya me vais conociendo).

Ninguna derrota es una derrota. Todas las luchas son victoria.

¡Fuera miedos! ¡Ni a los embates de la vida ni a las zarpas del lobo!

Lupus

Existe un colmillo en el vivir

que late inmerso en cada órgano;

una sangre que no es mía,

y rabia: mucha rabia enloquecida.

Sobrevive el chillido, inflamado,

y el dolor que desmenuza la piel;

el revés carmesí y el grumo aterrador

que coagula la arteria y el hueso desmiga.

Es como si la herida, impecable, respirara.

La pulpa se resquebraja entre las uñas

y es el mismo fuego

el que abrasa lo más tierno.

Estalla adentro el organismo,

crepita y cruje

después de tanta guerra y amor propio.

Entre despojos,

la brecha, la bestia inmortal,

el espumajo aprensivo y el miedo,

la fiera hambrienta que sorbe,

que rebaña,

que escarba,

corroe,

desintegra…

Entre largos aullidos,

un lobo de carne

irreverente

sostiene un cuerpo atrincherado.

Del poemario «Mueren los dioses» (Adia Edicions, 2022), de David Jiménez i Cot. Traducción del catalán al castellano.

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